lunes, 3 de abril de 2017

Pink Teddy-por Jimmy Valdez-Osaku.

Pink Teddy 

Mi hija Camila, tiene un osito de peluche de color rosado.  “Is a boy” me dice mientras lo abraza y mima con un amor solo comparable al de las madres. Camila siempre trae su muñeco a casa (le he llamado muñeco sin entender siquiera el significado humano que mi hija le ha otorgado al objeto en cuestión).

Desde el divorcio, recibo a mi hija dos veces al mes en los fines de semana. Esos días con mi hija son de un sacralidad innegociable, pues ella se ha instituido como base fundamental de mis quereres. Le amo no solo por ser mi hija, sino por representar todas las cosas en las que creo, salgo a la lucha y me mantengo lo más cuerdo posible en este mundo de desesperanzas, angustias, temores. 

“He is gay” pronuncia con la usual normalidad de lo cotidiano (yo, que en el instante me he estaba tomando un café, baje un sorbo caliente que me quemó la garganta).   Y cómo sabes tú que es gay, le pregunté.  -Ah, es que yo lo casé con Lovy, mi otro oso de color azul.-

Yo la miré y le di un beso en la frente, mientras en los adentros pensaba en  los cambios generacionales, sociales,  humanos que en la existencia me ha tocado testificar: miedos, tabúes, discriminación, machismo, maldad… pues recuerdo haber  visto todo tipo de infamias cometidas en contra de los homosexuales en los pueblos del interior de la Republica Dominicana y lugares visitados en el mundo.

Sin dudas son otros tiempos, otras actitudes, otro recibimiento a la diversidad y los derechos de los seres humanos (la tía materna de mi hija tiene mujer. Mi hermano de padre tiene novio,  y muy grandes amigos de la comunidad LGTB siempre nos acompañan en los momentos más especiales de nuestro discurrir como jornaleros del arte).

Mi hija crece en un ambiente muy distinto al mío, ese en cual crecí. No sabe de sexualidad, pero sí de amor. La educación que recibe en casa de su madre tiene como único objeto el respecto y aceptación de las personas, sin importar credo, color de piel, idioma o preferencias.  Yo aprendí tardíamente ese respeto (solo al migrar entendí las cosas tal como las entiendo, las acepto, las valoro).

En fin, que en casa tengo a una niña que une en matrimonio a los ositos de peluche. Que es vegetariana. Que dice que al crecer me comprará una casa y que adora el té negro muy de mañana. 

-Ahh, y el chocolate!-  Me dice con el acento suizo de su madre.



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